La diferencia entre una mala película y una película pésima es el final. Es que los hechos que se suceden no tengan una buena base y que se limiten a pasar uno tras otro con el único vínculo de la casualidad. Eso es lo que parece la muerte de Bin Laden. Una mala película que nada tiene que ver con la realidad. Un buen día de fiesta, te levantas y te dicen: “han matado a Bin Laden”. ¿Y eso? ¿Ahora?

El líder de Al-Qaeda ha sido localizado por la CIA. Sus agentes lo han matado y el presidente de EEUU se apresura a declarar la noticia oficial ante los medios de comunicación. Es normal que tanto él como los neoyorquinos que se han lanzado a la calle a celebrarlo estén regocijándose en su “victoria”. Una victoria que sería más victoria si lo hubieran capturado vivo para procesarlo y lo hubieran paseado ante los ojos atónitos del resto del mundo. Una victoria, que a falta de un “juicio justo”, al menos hubiera tenido testigos oculares. Una victoria en la  que a falta del juicio justo,  a falta de los testigos oculares, se echa en falta ver o que alguien haya visto un cuerpo ya sin vida, a Bin Laden muerto. Y es más, jamás nadie podrá verlo, analizar su ADN, corroborar que es realmente él a quién han matado. Esos soldados que han grabado más de una fechoría que ellos mismos han realizado en territorio enemigo no han tenido la brillante idea de grabar a Bin Laden. Lo tiran al mar y ahí acaba todo. Sin que nadie lo vea. Un final digno de la peor de las películas de sobremesa de antena 3. Y yo me lo tengo que creer.

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