Parecemos un cuerpo y su cara, su pelo. Parece que vestimos de una forma, que nos peinamos de una manera, que nos teñimos el pelo, nos compramos los zapatos más bonitos. Parecemos enteros, todos compactos, andando en masa por la calle dirigiéndonos a un lugar concreto. Llevamos un ritmo acompasado según la estación del año y tenemos la cabeza bien amueblada.  Olemos a perfume y desodorante, tenemos la piel dorada del sol y los ojos brillantes. Somos guapos y simpáticos, risueños y positivos, enamorados de los demás y de nosotros. Estamos seguros de nosotros mismos. Parecemos enteros.

Lo parecemos, pero no lo somos, escondemos detrás de nuestra apariencia la otra mitad. Somos volubles, impuros, egoístas, pobres, enfermos. Todo aquello que no queremos ser, todo aquello que escondemos en nuestros gestos, detrás de nuestras sonrisas, de nuestra risa a carcajadas. Somos también el llanto y la desgracia, la desesperación, las tardes vacías, la palidez; somos el miedo y la angustia, el sexo sucio y la agonía.

Pero si nos miran otros, desde otros ojos, aun en nuestras mismas circunstancias pensarán: están enteros. Olvidarán que nosotros, como ellos, también somos personas y sabemos callar y esconder lo que no nos gusta ser. Pero lo somos.

Anuncios