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Presa del aburrimiento me voy a dormir en un momento en el que la mitad de España está en el bar viendo el barça-madrid. No es que no me gustaría estar con ellos gritando, enfadándome, riéndome, maldiciendo y bebiendo. Sobre todo, bebiendo. Pero me voy a dormir.
Buenas noches.

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Te das cuenta de que todo va mal cuando la proporción va al contrario (que no indirectamente proporcional), cuando te piden más a cambio de menos, cuando das gracias por mínimas miserias, cuando todo lo que te ofrecen tiene un común denominador consistente en bajarse los pantalones, entrar por el aro, sonreir y no molestar. Sobre todo no pensar, no reflexionar, que no haya o, al menos, no parezca que hay vida inteligente dentro de esa cabeza, ese cuerpo-máquina dispuesto a ejecutar y hacer ejecutar un trabajo por el mínimo. Ni un euro de más. Si acaso algún euro de menos.
Menos mal que para consuelo de algunos el sol seguirá saliendo más tarde o más temprano a la misma hora para todo el mundo.

Parecemos un cuerpo y su cara, su pelo. Parece que vestimos de una forma, que nos peinamos de una manera, que nos teñimos el pelo, nos compramos los zapatos más bonitos. Parecemos enteros, todos compactos, andando en masa por la calle dirigiéndonos a un lugar concreto. Llevamos un ritmo acompasado según la estación del año y tenemos la cabeza bien amueblada.  Olemos a perfume y desodorante, tenemos la piel dorada del sol y los ojos brillantes. Somos guapos y simpáticos, risueños y positivos, enamorados de los demás y de nosotros. Estamos seguros de nosotros mismos. Parecemos enteros.

Lo parecemos, pero no lo somos, escondemos detrás de nuestra apariencia la otra mitad. Somos volubles, impuros, egoístas, pobres, enfermos. Todo aquello que no queremos ser, todo aquello que escondemos en nuestros gestos, detrás de nuestras sonrisas, de nuestra risa a carcajadas. Somos también el llanto y la desgracia, la desesperación, las tardes vacías, la palidez; somos el miedo y la angustia, el sexo sucio y la agonía.

Pero si nos miran otros, desde otros ojos, aun en nuestras mismas circunstancias pensarán: están enteros. Olvidarán que nosotros, como ellos, también somos personas y sabemos callar y esconder lo que no nos gusta ser. Pero lo somos.

(Antes de ver a Paquito).

Las cosas pasan porque pasan. A veces nos encontramos casualmente con una persona varias veces a la semana. Otras veces buscamos el encuentro y no se da nunca. Forzar la situación va contra natura, lo sé, lo sabía; pero aún hoy, después de tanto tiempo no puedo evitar tomar el camino más largo a casa y pasar por los lugares donde te he visto, donde te siento, donde mi intuición, algo torcida, me indica. Como tampoco puedo evitar pensar: será hoy el día.

El arte de no decir toda la verdad. Saber cómo hacer para que algo premeditado parezca totalmente casual. Provocar situaciones, evitar otras, pasar de puntillas sobre situaciones incómodas. Y, sobre todo, sonreir. Sonreir pase lo que pase, aunque tropieces y caigas. Sonríe, ríe a carcajadas cuanto más adversa sea la situación. Mover mucho las manos, mirar de soslayo lo que te viene de frente.

No son  las arrugas el único indicio del paso del tiempo que tiene mi cuerpo. Es el peso que lleva el alma y haber aprendido a que no pasa nada. Nunca pasa nada, aunque pase.

-Buenos días, Paquito.

Paquito me parece un niño desamparado, desubicado. El hijo escuálido de unos padres gordos, blanco nuclear con esa cara de inocencia, esa sonrisa torcida y la mirada distante, perdida, como si sus ojos pudieran ver un mundo paralelo superpuesto a éste y él sólo pudiera fijar su atención en aquel. Sus orejas grandes como su ropa, ancha y limpia. Paquito me mira y me sonríe.
-Buenos días.

Me embaucó en un sentimiento tan frío como extraño, que no supe por dónde me venían los tiros. Me atrapó en la incertidumbre, me pilló desprevenida y no reaccioné como debía. No puse el grito en el cielo. Pasó como pasan las cosas pesadas en la historia, sin prisa pero sin pausa, sin pena pero sin gloria. Pasó pero no pasó nada.

La diferencia entre una mala película y una película pésima es el final. Es que los hechos que se suceden no tengan una buena base y que se limiten a pasar uno tras otro con el único vínculo de la casualidad. Eso es lo que parece la muerte de Bin Laden. Una mala película que nada tiene que ver con la realidad. Un buen día de fiesta, te levantas y te dicen: “han matado a Bin Laden”. ¿Y eso? ¿Ahora?

El líder de Al-Qaeda ha sido localizado por la CIA. Sus agentes lo han matado y el presidente de EEUU se apresura a declarar la noticia oficial ante los medios de comunicación. Es normal que tanto él como los neoyorquinos que se han lanzado a la calle a celebrarlo estén regocijándose en su “victoria”. Una victoria que sería más victoria si lo hubieran capturado vivo para procesarlo y lo hubieran paseado ante los ojos atónitos del resto del mundo. Una victoria, que a falta de un “juicio justo”, al menos hubiera tenido testigos oculares. Una victoria en la  que a falta del juicio justo,  a falta de los testigos oculares, se echa en falta ver o que alguien haya visto un cuerpo ya sin vida, a Bin Laden muerto. Y es más, jamás nadie podrá verlo, analizar su ADN, corroborar que es realmente él a quién han matado. Esos soldados que han grabado más de una fechoría que ellos mismos han realizado en territorio enemigo no han tenido la brillante idea de grabar a Bin Laden. Lo tiran al mar y ahí acaba todo. Sin que nadie lo vea. Un final digno de la peor de las películas de sobremesa de antena 3. Y yo me lo tengo que creer.

Si lo pensara, no haría casi nada de lo que hago.

Si lo pensara, no diría nada de lo que digo.

Si lo pensara, no miraría las cosas que miro, ni respiraría por la nariz y por la boca, ni tocaría las cosas que sueño.

No saltaría los escalones, si lo pensara.

No cataría el vino antes de olerlo. No me equivocaría. No subiría hasta el cuarto andando. No andaría descalza en invierno, ni me bañaría con agua helada en verano. No iría a la playa ni tomaría el sol. De hecho, me arrepiento de todo lo que hago cuando lo pienso.

Si lo pensara, dejaría de hacer tantas cosas que hago…

Si lo pìenso, dejaré de hacer tantas cosas que tengo por hacer, tantas cosas que no hago y que sueño que, si lo pienso, es mejor no pensar. Y luego se verá si me arrepiento.

“Escribí “Al alba” los días previos a los fusilamientos de septiembre de 1975 y con mucha urgencia. Debe haber sido una de las canciones que más rápidamente me surgieron, pero quería que la gente la cantara. La verdad es que no tuve que pensar mucho, salió del dolor.” ; “Quería que pasara rápido la censura. Por eso la estructuré como una canción de amor, de despedida para siempre y como un alegato a la muerte. Pero hay dos elementos en la canción muy vinculados a las ejecuciones. Una vez pasó la censura, Rosa León la grabó.”

Aute.