Escribe a rojo sangre,

con la tinta espesa de la vida…

La puerta de un baño…

Me acuerdo de tu casa donde nunca he estado: tan pequeña como austera, tan tuya como ajena. Recuerdo las conversaciones que no hemos tenido, los abrazos que no te he dado, los besos que no he recibido, los caramelos que nunca (casi) he comido.

Recuerdo la ligereza de tu verbo, la manera ágil y natural de utilizar palabrotas para referirte a cualquier cosa. Recordaré tu imagen congelada en la foto debajo de mi almohada.

No recordaré la cara encerada, ni el cristal que nos separaba, ni tampoco tus cenizas calientes en mis brazos. No recordaré el llanto desconsolado, el cielo en la tierra, el color de tus labios. No recordaré cómo me temblaba la mano sobre tu pecho el día que dejó de latir tu corazón infartado.

Me acordaré de ti, dondequiera que estés, lo que quiera que seas. Me acordaré de tu voz y tu risa. Me acordaré de tus pasos. Me acordaré de los elefantes, que lentos y pesados, sintiéndose morir, vuelven al lugar donde nacieron, donde yacen los huesos de sus antepasados.

Esta navidad compré en Granada unos ínfimos detalles que pensaba repartir no sabía muy bien a quién. Digo frustrados porque al final no he podido darlos: unos porque se han roto espachurrados entre los cristales de la ventana de mi habitación, otro porque por error me lo llevé de vuelta. En fin, cosas de la vida. Eran unos marcapáginas (para gente a la que le gusta leer) que tenían un pequeño dibujo que el mismo chico que los vendía hacía y una frase. En concreto, había uno (el que he rescatado lisiado de mi ventana) cuya destinataria era Marina por su gran amor a la lectura y que contenía una frase que no había oído nunca antes.

Como nunca llegará a tus manos, Marina, al menos en buenas condiciones, dejo la frase aquí.

“Crees que te falta todo, y sólo te faltan unas flores, para sobrarte todo”. Antonio Porchia

Un accidente de tráfico o un atropello, un rayo, un derrumbe, un terremoto, una enfermedad común, una enfermedad no tan común, un mal tropiezo, un infarto, un incendio, un descuido, una caída tonta, una infección, las fauces de un perro, un ahogamiento en el mar o tal vez en el río, un asesinato, una pelea feroz, un disparo en la nuca, una confusión, una milla verde, un tornado, la edad, la furia del tiempo…

Son tantos los motivos por los que podemos morir y tan cotidianos a la vez, que si te pones a pensar y, parafraseando a Maruja Torres, “lo raro es vivir”.

58 horas esperando para un insulso minuto. El minuto más rápido y el más pensado se volatilizó para nunca más volver. Ni tampoco los 3.480 minutos inmediatamente anteriores. El impulso quebró el equilibrio. Un puto minuto.

No hay un plan mejor para un domingo de noviembre que estar tirada en la cama con la ropa de la noche anterior tirada por el suelo y lamentarse de la resaca.

El caos de mi habitación encaja perfectamente con el caos de mi estómago. Todo es redondo. Todo está perfecto…

A pocas horas del día de mi cumpleaños, me parece una estupidez hacer una retrospectiva. Mañana me sentiré especial, atendida, importante incluso. Recibiré felicitaciones vía red social porque tiene la consideración y la gracia de avisar a tus agregados, algunos mensajes y unas cuantas llamadas (las menos). Pero qué importa si la felicitación es de corazón o sin corazón ninguno. Si está predeterminada o elaborada. Si es en mayúsculas o minúsculas. Yo sonreiré y atenderé mis regalos. Y al morir el día se acabará la gloria dejando hueco a otro día.

Eso sí; no todo el mundo puede decir que el día de su cumpleaños tiene 25 horas, ni que el día siguiente es festivo.

Inmediatamente después de que la impostura delegara en una persona cercana su mano derecha, comenzó la duda y se le vieron las tripas a la naturaleza humana: tan bonita por fuera, tan ruín por dentro. Si vives pensando eso acabas en un estado cíclico paranoide perjudicial directamente para ti y para tu entorno. Si lo olvidas, acabas dándote de bruces contra el intestino grueso.

La sombra de la sospecha perseguirá siempre la silueta de quien un día estuvo en el punto de mira. Es totalmente inevitable.

Telecinco ya puede respirar tranquila. Después de hacer miniseries de la Duquesa de Alba, La Princesa del Pueblo, de Alfonso de Borbón, etc. había empezado a cundir el pánico entre los directores desde que un buen día una cabeza pensante dijo: algún día se nos van a acabar los personajes “famosos”, ¿qué haremos entonces?

Desde hoy a no sé qué hora han podido conciliar el sueño, la preocupación que no les dejaba dormir se ha evaporado. Pronto se empezará a rodar la siguiente miniserie de Telecinco: a 700 metros. Historia de los mineros de Atacama.

No me la pierdo.

A menudo, mientras estoy estudiando o leyendo dudo si mi cabeza será capaz de almacenar algún día tal cantidad de información. El primer examen de las oposiciones será tipo test. Y entonces me pregunto: ¿Qué será más fácil? ¿que apruebe un examen tipo test sin tener demasiada idea o que me toque la quiniela o el gordo? Ambas cosas son bastante improbables o mínimamente probables estadísticamente. Sin embargo, hay gente a la que le toca el gordo. Muy poca, pero la hay. Es decir, por muy improbable que sea que me toque el gordo no es imposible. Por muy improbable que resulte aprobar un examen sin tener mucha idea, tampoco ha de ser imposible.

Ya que ambas opciones son iguales de improbables me gustaría saber cuál es más posible. Yo, por si acaso, jugaré al azar con todo lo que se me cruce.

Y que la suerte me acompañe.